Obra literaria


Hontanar y Granito

P R I M E R A    P A R T E

 

 

CAPÍTULO 1. MEDITATIVO

 

 

La fría tarde de febrero de mi partida hacia Lisboa, llovía a cántaros. 

Junto con mi equipaje, también podría decirse que mi vida estaba empaquetada, resumida y reducida a unos cuantos episodios decisivos, fotogramas de mi identidad personal. 

Mientras me dejaba hipnotizar por las gotas de lluvia que resbalaban por los cristales de la ventanilla del avión, mi memoria fundió con ellas el recuerdo de la tormenta que puso el telón de fondo durante el entierro del padre de Teresa, un día de agosto de hacía cuatro años. 

Sin embargo, la lluvia de entonces, en aquel marco desolado del cementerio, era sólo un contrapunto al fondo burbujeante de ilusión por mis risueñas perspectivas de trabajo y el bienestar que me producía mi aprendizaje musical. 

Teresa había sido mi inseparable compañera de colegio, la incondicional confidente de mi primer amor. Detrás de su mirada de virgen renacentista, glauca y rasgada, de sus fuertes pómulos y de sus finos y resueltos labios estaban las marcas de la personalidad de toda su familia, el espejo que me devolvía como una fotografía en tres dimensiones, las escenas costumbristas de su familia reunida en la tienda al final del día, o sentada en el pequeño comedor de su casa tan querida; el símbolo de una vida familiar que yo nunca conocí como tal en la casa de mis padres, y que durante aquellos dos ó tres años de adolescencia tanto significó para mí.

Tras la etapa escolar, a pesar de que ambas estudiamos en la misma Facultad, las circunstancias y la vida nos desconectaron a la una de la otra durante más de veinte años, y luego, por azar, habíamos vuelto a encontrarnos apenas unas semanas antes de la muerte de su padre. 

Radicalmente individualista, firmemente convencida de las ventajas de mi soltería, yo había roto con todo lo que para Teresa formaba parte de su esencia familiar, fraternal y múltiple, y con el mundo cálido de una ciudad de provincias acogedora donde podían encontrarse todas las referencias, afines, sabidas y sencillas, las íntimas llanezas de lo frecuentado y aceptado. Después de terminar la carrera, me alisté para trabajar como cooperante en varios países africanos; mis ojos habían visto la selva, el trópico, la guerra, la muerte y una parte insólita de un mundo desconocido para la mayoría de los congéneres de nuestra generación. 

Mientras, Teresa, hizo la especialidad de Medicina de Familia en Barcelona, se casó, tuvo un hijo, mantuvo la casa familiar del pueblo de su padre y cuidó a sus padres tras su jubilación. 

Nos alegramos sinceramente de vernos, de reconocernos en mil sutiles y secretos detalles de miradas, palabras y gestos, y al final de la larga charla, intercambiamos nuestras direcciones con el tácito deseo, sincero y firme de entretejer otra vez los cabos sueltos de esa simple causalidad que nos quiso reunir. 

Nuestros padres eran ya mayores; su padre y el mío estaban ambos enfermos con un cáncer imposible de tratar. 

Al otro lado de la puerta de la memoria que había sido delicadamente entreabierta por nuestro encuentro, surgió aquel D. Fernando al que conocí a mis catorce años, afable y bondadoso, algo gruñón cuando se enfadaba con los proveedores; chispearon otra vez sus ojos castaños, enormemente agrandados por las gruesas gafas de hipermétrope que llevaba permanentemente en la punta de la nariz. Percibí la imagen de su franca sonrisa y el eco de sus bromas cuando cada tarde, a la salida del colegio, nos miraba y nos saludaba desde el otro lado del mostrador de la tienda al llegar, Teresa y yo, con los calcetines descuidadamente flojos y arrugados alrededor del tobillo, los zapatos marrones de cordones, sucios de polvo y tierra, las severas tablas del vestido de uniforme azul marino hasta mitad de pierna y los libros amontonados en el hueco desvaído y laxo de nuestros brazos cansados de jugar al “balón prisionero”. 

¡Cuántas horas pasé en aquella papelería, a mitad de camino entre mi casa y el colegio! Durante el invierno, los padres de Teresa vendían también juguetes; el escaparate era como un bazar chillón y chispeante. En el interior de la tienda, atestado de cajas, cacharros y libros, Palmira, la madre de Teresa, se sentaba en frente de una pequeña mesita sobre la que había una máquina de hacer troqueles sobre metal para la impresión mecánica de direcciones de correo, con la que se ganaba un pequeño sueldo adicional mientras su marido o alguno de sus hijos ayudaba a atender a la clientela. En el verano, una profusión de columnas giratorias con postales, tarjetas de felicitación, cuadernos de vacaciones, cartulinas de colores, papel de acuarela y dibujo y estuches de lápices de colores, eran el llamativo señuelo de chavales y personas mayores del barrio. 

La tienda siempre era divertida, una alternativa al ambiente rígido y poco indulgente de mi casa; mi ración cotidiana de comprensión, afecto y de clima risueño y cariñoso.

Pero lo mejor era cuando al llegar nosotras o pocos minutos después, venía alguno de los hermanos mayores de Teresa: Fernando, Santiago o Gonzalo. 

Fernando tenía 25 años; había terminado la carrera de Químicas y se había ido a trabajar a la Universidad Autónoma de Barcelona para hacer la tesis y la especialidad de Bioquímica. Era una especie de fotocopia física de su padre, locuaz, cariñoso, cercano y miope, con su mismo cabello castaño claro y su misma mirada marrón inquisitiva, pero con la mitad de su edad. A nuestros ojos era toda una referencia; inteligente, dinámico y seguro de sí mismo. 

Gonzalo tenía 19 años; estaba estudiando Medicina y era un fanático incondicional de Bob Dylan, al que incluso se parecía un poco físicamente, y del que se sabía absolutamente todas sus canciones. Era flaco, muy miope también, nervioso, risueño y bromista, y tenía una novia, Conchita, 4 ó 5 años mayor que él, que era hermana de Luisa, a su vez novia de su hermano Fernando. Dos novias hermanas para dos hermanos.

Santiago tenía 23 años y se parecía más a su madre. Era el más alto de los tres. Tenía el cabello negro y espeso y los ojos verdosos, misteriosos y rasgados como Palmira; el perfil sereno y las manos grandes y perfectas de una escultura clásica. Su andar era pausado, y su hablar parco e inquietante, salido como a regañadientes de su media sonrisa entre burlona y escéptica. Había comenzado a estudiar en la Universidad varias veces y otras tantas lo había abandonado; el eje de su vida era la música y la guitarra, que había aprendido de forma autodidacta y dominaba endemoniadamente, después de casi 10 años de dedicación plena. Santiago llevaba una vida bastante bohemia, permitida por el marco familiar tolerante y sinceramente comprensivo hacia ese don musical que parecía brotar espontáneamente en él. Era respetado y admirado por sus padres y hermanos. Pasaba las noches en blanco tocando, encerrado en un pequeño almacén situado en un pequeño callejón a poca distancia de la tienda, donde se había instalado una pequeña mesa, un flexo, una silla y un atril. Todos los hermanos de Teresa fumaban, como su padre, pero Santiago era como una máquina de vapor.

Aunque ya Teresa me había hablado de todos ellos, el día que conocí a Santiago me ruboricé hasta las orejas. Por un lado, su aureola bohemia y el esplendor de su físico, me turbaron hasta los huesos; por otro lado, mi sentimiento de ridículo atenazante y paralizador, por el deplorable aspecto que debía ofrecer con mis calcetines cortos, mi draconiano uniforme cerrado hasta el cuello de líneas pesadas y graves y las gafas de miope, gruesas como un culo de vaso. Fue también la primera vez que aprecié la monstruosa desproporción entre mis nacientes, desconocidos y casi incontrolables deseos y la realidad que estaba a mi alcance o a la que podía aspirar. 

Al día siguiente hablé con Teresa de todas mis nuevas sensaciones; de que no había dejado de pensar en su hermano Santiago; que mi sueño se había poblado de inquietud, de ansiedad y de miedos y dudas indefinibles. Por simpatía, quise aprender a tocar la guitarra, que también Teresa rasgueaba y conocía lo suficiente como para acompañar las canciones que cantábamos en la iglesia del colegio. Teresa me escuchó, esbozó una enigmática sonrisa y con un inequívoco sentido práctico, comenzó a invitarme a su casa, primero algunas tardes, cuando teníamos que preparar algún examen, y en seguida también los domingos por la tarde después de comer, cuando se podían juntar en aquel pequeño piso hasta treinta o treinta y cinco personas entre familiares y amigos de los hermanos de Teresa. 

Santiago sin embargo, también durante esas tardes, bulliciosas y vitales, solía permanecer más o menos aislado en uno de los dormitorios, aunque era difícil que no entrasen y saliesen constantemente Gonzalo y sus amigos, Conchita, y a veces, Anabel, la hermana más pequeña de Conchita y Luisa, que tenía síndrome de Down y no respetaba demasiado las puertas cerradas. 

Teresa profesaba una muda admiración por su hermano Santiago, con una mezcla de envidia particular, tanto por su maravillosa habilidad, como también por la inmunidad con la que se rodeaba a Santiago en lo que se refería a deberes domésticos, compromisos familiares y horarios. Pero sabía, con su particular tacto y su cotidiano conocimiento de las erráticas costumbres de su hermano, cuándo éste estaba de buen humor y no iba a sentirse agredido por una interrupción o porque le pidiese que nos dejase escucharle mientras tocaba. Yo creo que estaba ya entonces convencida de la inutilidad de mis aspiraciones acerca de hacerme visible para su hermano, pero tuvo la delicadeza no sólo de no decírmelo nunca abiertamente, sino de ayudarme a sobrellevar esa fatalidad con pequeñas mentiras piadosas, con detalles nimios, con enigmáticos comentarios de su hermano Santiago que sin duda habían sido sacados de contexto magistralmente por ella para hacerme la vida un poco más agradable y el anhelo menos acuciante.

Un día, el más espléndido, luminoso y especial de aquella época, fue Santiago el que entró en el salón donde Teresa y yo estábamos haciendo los problemas de matemáticas y nos anunció que nos iba a tocar, en “première”, una obra que se acababa de aprender, la Chacona de la segunda partita para violín solo BWV 1004, de Juan Sebastian Bach.

Creo que el tiempo se detuvo, se dilató y se tragó el Universo entero durante los 20 minutos en que Santiago estuvo interpretanto aquella maravilla. Mi cultura musical “clásica”, o de música antigua, era absolutamente nula. Mi mundo musical eran los músicos pop del momento; Pink Floyd, Frank Zappa, Jimmy Hendrix, Led Zeppelin, los Rolling Stones e incluso José Feliciano. Pero aquella sonoridad era tan nueva, tan complejamente construída, tan abrumadoramente diferente, armoniosa y poco previsible que, posiblemente, fue una de las experiencias más enriquecedoras de mi adolescencia. Y nunca ya ese tipo de música fue indiferente para mí.

Pasé dos años enamorada en silencio del imposible que había tomado cuerpo y forma en los límites y en la música de Santiago. Santiago era otro mundo; un universo inalcanzable e igualmente multiplicado en sus facetas, como un poliedro o una estructura fractal reproduciéndose a sí mismo hasta el infinito. Él nunca prestaría atención a una colegiala de la edad de su hermana pequeña, aunque, sin saberlo, fue él quien me obligó a hacerme todas las preguntas importantes de aquel momento, a volverme del revés para ver cómo y de qué estaba hecha para poder tener el placer de descubrir algún parecido con la materia de la que él estaba hecho; me indujo a buscar por mí misma una salida razonable a mis desbocadas ideas y a madurar descubriendo y pensando en su madurez, en su fuerza estática, poderosa como un sol omnipresente. Y la música, que siempre me había gustado mucho de forma intuitiva, pasó a ser la expresión de lo inefable, de lo bello, del secreto del mundo.

De esos anhelos sólo Teresa participaba. Sólo ella, a veces, se enternecía conmigo y alentaba lo que de alguna manera era tan importante para mí, lo que ponía en marcha el motor de mi anhelo por crecer, no sólo por fuera, sino dentro de un mundo interior que sólo entonces intuí infinito y poderoso, capaz de dar impulso a toda mi vida.

Mi familia se negó a llevarme a clases de música o al Conservatorio. Había que estudiar y no distraerse en cosas que no eran importantes para “labrarse un futuro decente”. Yo suspiraba por tener una guitarra y mi madre, para hacerme callar, me prometió que si ese año tocaba algo en la lotería de Navidad, me comprarían una guitarra. Fue una especie de guiño de las leyes de Murphy el que aquel año precisamente tocase una terminación de esas de dos cifras del gordo, precisamente en el número en el que mis padres jugaban una mayor participación.

Mi hermano tenía un compañero de colegio que tocaba la guitarra y que amablemente nos ayudó a elegir un instrumento en una de las tiendas más antiguas de Zaragoza, el taller de Mariano Biu, y hasta me prestó unas partituras cifradas, para que fuera comenzando a aprender aún sin saber nada de notación musical.

La guitarra fue desde entonces en aquellos años mi refugio, aunque sin ninguna formación musical, sin profesores y sin ningún consejo, poco pude hacer por mí misma. 

Santiago me dijo, con su circunspección y economía de explicaciones y excusas habitual, que en la biblioteca de la Diputación se encontraban las obras completas de Gaspar Sanz, que podía copiarlas y tratar de tocarlas porque estaban escritas por cifra, y que ése era un comienzo como otro cualquiera, parecido al que él mismo había elegido, copiando y transcribiendo las obras de Bach para instrumentos solistas. 

En fin, sé que fundamentalmente era él quien estaba por aquel entonces muy interesado en “rescatar” unas obras que no era posible conseguir fácilmente fuera de aquellos facsímiles originales, y yo las reuní para él en una libreta manuscrita, copiándolas en el tiempo récord de un par de semanas, yendo todos los días un par de horas a la biblioteca de la Institución “Fernando El Católico”. 

Y, aunque yo aproveché realmente muy poco de aquellas partituras, él las estudió con ahínco y llegó a dominarlas perfectamente a los pocos meses, poniéndome los dientes largos de envidia con su excelente interpretación de la danza “Canarios”, cuya melodía no conseguí quitarme de la cabeza durante meses.

Ante aquel océano inmenso del conocimiento de la música y de la técnica de la guitarra, en el que yo parecía no pisar nunca tierra firme ni era capaz de orientarme, me convencí de que jamás llegaría a poder tocar nada de lo que tocaba Santiago mientras no tuviera la oportunidad de aprender música, y me prometí a mí misma que algún día, cuando fuera independiente, estudiaría lo suficiente para poder disfrutar plenamente del placer de interpretar las obras que tanto me fascinaban entonces.

Pasó el tiempo. La escuela acabó y vinieron años borrascosos con nuestra entrada en la Universidad. A pesar de que ambas elegimos estudiar Medicina, dejé de ver a Teresa; teníamos horarios diferentes; estábamos en clases separadas; nuevas amigas y amigos-novios entraron en escena. Me interesaron otras cosas y otros mundos, y también se desvaneció esa constante presencia que durante los dos últimos años había tenido su hermano Santiago en mi vida, oculta y eclipsada completamente por otras realidades mucho más materiales y exigentes.

No volví a saber nada de ellos; nunca volví a ver a Santiago. 

Yo empecé a trabajar en una copistería para pagarme libros y matrículas; la guitarra quedó olvidada dentro de su funda de lona encima de un armario.

Después de terminar la carrera, huyendo del ambiente familiar y de la casa de mis padres, me fui a trabajar como cooperante durante seis largos e intensos años a África. Cuando decidí regresar a España, y eso había ocurrido pocos meses de mi encuentro con Teresa, aproveché, sin pensármelo demasiado, una oportunidad de entrar a trabajar en la industria farmacéutica; un cambio de rumbo que también iba aparejado a un cambio de ciudad y a la perspectiva de un trabajo algo más estable y menos arriesgado. 

En los años africanos, mi vida estuvo en otra parte, lejos de la magia de Bach, ocupada, intensa y distinta. Pero tras instalarme en el nuevo trabajo, la llamada de la música surgió como un foco parpadeando en la oscuridad, urgiéndome a complacer aquel deseo que había estado dormido o arrinconado durante más de quince años.

Fue así como comencé mis estudios de música y guitarra. Me matriculé a las pocas semanas de incorporarme al nuevo trabajo, cuando el curso ya estaba comenzado. Y ya en aquel verano de mi encuentro con Teresa, en el que ya había estudiado lo más básico de notación musical para empezar a leer partituras sencillas de guitarra, intuí que lo que hubiera podido considerar como un pasatiempo más, iba a ganar el peso suficiente para convertirse en el núcleo impulsor de mi voluntad, ese motor imparable que me llevaría a tomar la decisión insólita de dedicarme algún día a ello en cuerpo y alma; el proyecto insensato de educar lo bastante mi sensibilidad y mi habilidad para poder tocar por fin algún día la Chacona con la misma musicalidad que me fue revelada a través de las manos de Santiago.

En mi reencuentro con Teresa, sentí que los años felices en que lo compartimos todo, se habían vuelto a hacer presentes otra vez. Le conté entusiasmada mi proyecto, y le recordé, emocionadamente, mi vívida instantánea de la experiencia musical transmitida por Santiago. Teresa sonrió otra vez de aquella manera inescrutable y me contó que Santiago había tenido una vida algo complicada, aunque siempre había seguido tocando la guitarra; que estuvo viviendo con una pianista y que la relación no duró mucho tiempo; que después, su carácter se había ensombrecido y su inestabilidad profesional y afectiva habían sido fuente de frecuentes episodios borrascosos y difíciles para él y para toda la familia; que quedaba poco de aquel Santiago seguro de sí mismo, fuerte e independiente. 

Cuando sólo habían pasado unas semanas tras aquel reencuentro, recibí una llamada de Teresa en la que me anunciaba que su padre había muerto y que su entierro tendría lugar al día siguiente, a primera hora de la tarde.

Aquella tormenta de verano que ahora estaba en mi recuerdo, violenta y perfumada, puso el telón de fondo a la escena al aire libre al pie de la tumba abierta donde depositaron el féretro de su padre. 

Toda su familia estaba allí; su madre, ya muy mayor; sus hermanos Fernando y Gonzalo, adultos, serios, con sus hijos adolescentes al lado y Conchita y Luisa algo envejecidas; su hermana Pilar, antes pequeña y casi inexistente; ahora ya una adulta más. 

Su hermano Santiago, difuminado el espléndido brillo de su juventud, con gran cantidad de canas en su espesa pelambrera rizada y morena, con las manos menos firmes y el perfil menos sereno y algo más atormentado; en los ojos una parte de su misterio desvelado, entre la tristeza y la desilusión. Y yo, desaparecidos los calcetines, los zapatos de cordones, los pliegues del uniforme y la insignia escolar: una adulta más que miraba la nada a través de la lluvia.

Sólo el murmullo triste que el viento y el agua derramaban sobre los nichos del cementerio rompía el silencio húmedo de lágrimas y lluvia que acunaba nuestros pensamientos. 

Frente a mí estaban los dos, las figuras más importantes de mi adolescencia. Habían pasado veinte años entre la vida de ellos y la mía. Y me parecía que todo este tiempo, segundo a segundo, también estaba goteando entre ellos y yo, que casualmente reunidos de nuevo, fijábamos nuestros ojos como imanes en los vértices opuestos de la muerte y de la vida: en la realidad triste que había quedado enterrada tras la tapia recién levantada y en el embrujo de los sentidos que nos devolvía nuevamente a la esperanza continua del amor. 

Después del entierro, todos nos abrazamos con una mezcla extraña de tristeza por el motivo que nos había reunido, y de alegría por un encuentro que a todos nos suscitaba evocaciones amables y cálidas.

Santiago finalmente me miró con sus hermosos ojos solitarios; su primera mirada hacia mí de hombre a mujer: una variada chacona improvisada con variaciones de curiosidad, sorpresa y atracción armonizadas por la vehemencia de un mayor acercamiento.

Pero ya no nos habían quedado palabras que decirnos con las que enjugar tanta lluvia de recuerdos y tiempo.

Le conté a Santiago que, ahora que estaba ya asentada en España, me había matriculado aquel mismo año en una academia para aprender música y tocar la guitarra, y que tenía intención de ir adelante con ambas cosas. 

Con su media sonrisa, Santiago asintió y negó consecutivamente, como dando a entender que le parecía muy bien el proyecto pero no la manera de llevarlo a cabo, y me dijo escuetamente:

- “Las academias no sirven para nada; tendrás que trabajar mucho por tu cuenta y durante muchos años si quieres ser un músico de verdad”. Con estas misteriosas palabras resumió algo que me costaría descubrir casi tanto tiempo como el que había transcurrido desde que nos conocimos él y yo en aquella familiar papelería.

Porque, mientras veía llover a través de la ventanilla del avión que me llevaba a Lisboa, todavía no sabía la ansiedad, la lucha, la emoción, la ilusión, el desencanto y la pérdida que escondían aquellas extrañas y proféticas palabras de Santiago.

 



 



 
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