Obra literaria


Hontanar y Granito

(PRIMERAS DOS PÁGINAS)

 

CAPÍTULO 1: LLUVIA

 

 

La fría tarde de Febrero de mi partida hacia Lisboa, llovía a cántaros.

Junto con mi equipaje, también podría decirse que mi vida estaba empaquetada, resumida y reducida a unos cuantos episodios decisivos, aderezados con valiosos y emotivos recuerdos que me iban a acompañar siempre como una especie de brújula o de fotografía de mi identidad personal.

Mientras me dejaba hipnotizar por las gotas de lluvia que resbalaban por los cristales de la ventanilla del avión, recordaba la tormenta de verano que pareció condensar mi pena y la de la familia de Teresa aquel día del entierro de su padre, hacía algo más de 4 años. A veces los recuerdos se complacen en poner delante del foco de proyección de la memoria dos imágenes, dos clichés de una vida separados por el tiempo que tienen en común algo más que un lazo intranscendente de casualidad o de simple analogía.

La lluvia contraponía entonces, sin embargo, a ese marco desolado del cementerio, una especie de fondo burbujeante de ilusión por mis risueñas perspectivas de trabajo y el bienestar que me producía mi aprendizaje musical.

Unas pocas semanas antes de aquel día fúnebre, en una ciudad ajena a la vida de ambas, había reanudado mi amistad con Teresa, mi inseparable compañera de colegio, la incondicional confidente de mi primer amor, que el huracán de la vida arrancó del paisaje de mi juventud un mundo de años atrás. Detrás de su mirada de virgen renacentista, glauca y rasgada, réplica de la de los ojos soñadores de su madre; detrás de sus fuertes pómulos y de esos finos y resueltos labios que eran algo así como la marca de identidad de toda su familia, iguales a los de su padre y a los de todos sus hermanos, había un espejo en el que se reflejaba otra vez, sólo para mí y tan nítidamente como una fotografía viva, la escena costumbrista de su familia reunida en la tienda al final del día, o sentada en el pequeño comedor de su casa tan querida; el símbolo de una vida familiar que yo nunca conocí como tal en la casa de mis padres, y que durante aquellos dos ó tres años de adolescencia tanto significó para mí.

A pesar del tiempo transcurrido, fue una agradable sorpresa comprobar que todavía existía un inefable pero sólido y cómodo sentimiento de complicidad entre las dos, y que éramos algo más que dos mujeres adultas extrañas sentadas en el vagón de un tren resumiendo educadamente las partes más anecdóticas de nuestra vida, como lo hubieran hecho dos conocidas que se encuentran casualmente en una terraza de verano ante un refrescante vaso de café con hielo. Habían pasado más de 20 años, más de la mitad de nuestras vidas; 20 años de construcción, abismos, soledad, lejanía y alegría de vivir; 20 años vividos en dos mundos aparte con poca conexión entre sí.

Radicalmente individualista, firmemente convencida de las ventajas de mi soltería, yo había roto con todo lo que ella conoció de mí, con ese mundo familiar que para Teresa hubiera sido una profanación intolerable desterrar de su vida como hice yo, porque formó siempre parte de su esencia fraternal y múltiple, y también con el mundo cálido de un medio conocido, de una ciudad de provincias acogedora donde podían encontrarse todas las referencias, afines, sabidas y sencillas, las íntimas llanezas de lo frecuentado y aceptado. Después de terminar la carrera, me fui a trabajar como cooperante en varios países africanos; mis ojos habían visto la selva, el trópico, la guerra, la muerte y una parte insólita de un mundo desconocido para la mayoría de los congéneres de nuestra generación.

Teresa, sin embargo, había aprobado el examen del MIR al terminar la carrera, y había hecho la especialidad de Medicina de Familia en Barcelona, a donde se había trasladado con Enrique, su marido, conductor de transportes pesados, con el que llevaba una vida sencilla, que estaba así doblemente unida a la de su familia por el vínculo de ancestros lejanos comunes en el pueblo de su padre. Hacía dos años que el pequeño Quique ya les alegraba la casa y daba quehacer a sus padres, convertidos en abuelos y felizmente jubilados después de haber vendido el local donde se ubicó la papelería a la que se dedicaron para sacar a la familia adelante.

Todo había cambiado, transfigurando las formas, los espacios, los quehaceres, las personas y el objeto de las preocupaciones y los afanes. Pero nosotras nos alegramos sinceramente de vernos, de reconocernos en mil tenues y secretos detalles de miradas, palabras y gestos, y al final de la larga charla, intercambiamos nuestras direcciones con el tácito deseo, sincero y firme de entretejer otra vez los cabos sueltos de esa simple causalidad que nos quiso reunir. 



 



 
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