Obra literaria


Una docena de historias parejas

(PRIMERAS DOS PÁGINAS)

 

CAPÍTULO 1: QUE LA FARSA CONTINÚE

 

- Eres un inepto, Pelayo, no me cabe ninguna duda. Hasta ahora, te he dado un margen de confianza y me he tragado todas las grandes visiones de futuro que has querido contarme, confiando en que el balance final sería positivo para el negocio. Pero ya has rebasado con creces el límite de la estupidez que se puede permitir en los tiempos que corren. Con tus grandes errores la empresa ha perdido dinero; nos has embarcado en proyectos inconsistentes que hemos tenido que cancelar después de haber desembolsado una importante cantidad y lo que es más importante, durante todo este tiempo hemos perdido otras oportunidades más sensatas y que nos hubieran reportado beneficios tangibles desde el primer momento.

 

Pelayo Quiñones tenía una especial habilidad para no descomponer el gesto aunque se estuviese hundiendo el mundo a su alrededor. Se mantenía erguido en la silla, mirando inexpresivamente al rostro del Consejero Delegado de la compañía, como si estuviese contemplando una pared en blanco, como si no oyera sus insultos ni se inmutara por el ataque a su dignidad. A pesar de la pausa que el Consejero Delegado había hecho después de semejante comienzo de la conversación, Pelayo no hizo ningún ademán de contestarle o defenderse, y aquél siguió la perorata tras un ligero titubeo.

 

- Me arrepiento profundamente de haber creído en ti y de haberte escuchado, desoyendo otras voces de la empresa más leales que la tuya, como la de Rogelio, menos fantasiosas y que ahora serían mucho más valiosas para mí y también de mayor provecho para esta casa. Tienes ya 52 años, Pelayo; fuera de aquí estás muerto; no tienes ninguna posibilidad, porque ya me encargaré yo de hacerte una buena propaganda al que todavía te pudiera ofrecer una salida. Pero tu despido y el compromiso de acciones que arrastraríamos contigo sería muy caro en este momento y no me queda otro remedio que mantenerte con el mismo cargo y sueldo de Director General. Pero quiero que sepas que, a partir de ahora, no pintas absolutamente nada aquí dentro. No vas a tener ya ningún poder ejecutivo en la práctica y no vas a poder tomar ninguna decisión ni realizar ningún gasto sin conocimiento mío y del Comité Ejecutivo que voy a nombrar en la próxima reunión mensual de mañana con los miembros del Consejo de Administración. Harás lo que te digamos que hagas y por lo menos, te utilizaremos para que nos ayudes a dar el giro interno a la organización de la empresa que tengo pensado desde hace algún tiempo, cambiando de arriba abajo algunos departamentos y despidiendo a quien no sea rentable.

 

Cada vez que era llamado a su presencia, Pelayo se tomaba un par de pastillas de Sumial y un Valium, lo que le permitía tener controladas las sufridas glándulas sudoríparas de sus sobacos, impoluta y seca su camisa de Hugo Boss, 24 horas eficaz su desodorante, el pulso sereno, sin ese imperceptible pero molesto temblor húmedo con que se hubiera descubierto su reprimida ansiedad. Los fármacos también le ayudaban a conservar su particular tono de voz quedo y monótono, sin vocalizar apenas las palabras, con el que podía vengarse rastreramente de la incipiente decrepitud auditiva del Consejero Delegado, para cuyo senil oído aquel soniquete, tan imperceptible como un mantra apenas murmurado, rozaba casi siempre el límite de su capacidad sensorial, obligándole a pedirle que repitiera una y otra vez lo que quiera que dijese, cada vez más exasperado por la conciencia de su manifiesta minusvalía. 



CONVERSACIONES AL CAER LA TARDE
 



 
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